3 dic. 2010

Recreativas y propinas


Recuerdo que cuando era un mozuelo de poco más de un metro, y mis padres me obligaban a ir a algún bar o restaurante el mosqueo era monumental, ¿Qué iba a hacer yo horas sentado en una silla sin televisión y sin nada interesante (aparte de la Coca Cola)? 

Más adelante empecé llevándome algo para pasar el rato, pero hasta que pude hacer eso las tardes así eran insoportables, insoportables a menos que tras un vistazo a todos los rincones del local encontrabas la maquinita (no la tragaperras, ni la de condones, sino la máquina recreativa), una vez visualizado aquel armario empotrado lleno de colillas y con las esquinas roídas, al que casi ni llegaba a los botones y mucho menos a ver la pantalla, empezaba a fantasear que jugaba, sí, eso de tocar los botones como si estuvieras jugando cuando en mitad de la pantalla tienes un pedazo de cartel que pone “Insert Coin” (lo peor es que había gente que realmente creía que estabas jugando).

A mí el videojuego que hubiera allí no me importaba lo mas mínimo, da igual que estuviera el “Cadillacs and Dinosaurs”, el “Metal Slug” o el “Puzzle Bubble”, yo lo único que quería era jugar, así que empezaba la pesadilla a mis padres para que me dieran la tan ansiada moneda con el agujerito, la moneda de 5 duros que haría que aquello funcionara. 

Una vez conseguido aquella fortuna, el vicio estaba asegurado, así que todo ilusionado iba hacia el mueble, le echaba la moneda y si la partida duraba mas de 10min ya era todo un record, por lo que desilusionado porque me habían matado en nada, volvía a mi asiento con la cabeza agachada (ya sabía que otra moneda mas no iba a caer así que ya no había esperanza para la revancha).

Pero un día vi la luz, un rayo de esperanza me inundo cuando tras otra partida nefasta volvía a mi asiento, en las mesas había dinero y yo pensé “que tonta la gente que se deja el dinero aquí tirado”, claramente era la propina que la gente había dejado a los camareros, pero yo aquello no lo sabía y en seguida empecé a apropiarme de todo lo que vi, aquel día la partida duro mucho, tanto que mis padres extrañados fueron a ver qué hacía y cuando se lo conté todo ilusionado, la partida termino y me explicaron que era aquel dinero. 

No recuerdo si volví a hacerlo algún día más, pero aquel día me tome la libertad de que la propina de los camareros fuera para mi entretenimiento, y desde luego no me he arrepentido nunca.

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